El reto de dar a luz en Caracas

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Paola Porras, una menor de edad, tiene 17 años, es de Maracaibo y está en trabajo de parto. Sentada en una esquina de la sala de espera del caótico hospital Domingo Luciani de Petare, en Caracas, aguanta de pie los fuertes dolores que dejan prever que en pocas horas llegará Salomón, su hijo.

Ella, de aproximadamente 1,60 mts de estatura, de pelo negro, largo y unos bellos ojos color miel, espera impacientemente que llegue el momento para que la ingresen a la sala de parto. Lleva 1 hora esperando, suspira, toma un poco de agua, camina alrededor del lugar porque le dijeron que eso ayuda a aliviar el dolor, pero la táctica no funciona, mientras espera saber si va a ser posible recibir atención médica en ese hospital.

“Estaba en otra clínica pero me dijeron que no tenían espacio disponible y me mandaron para acá, todavía no sé si me van a atender”, dice con voz entrecortada.

A pesar del malestar del trabajo de parto, de los fuertes dolores y de la eterna espera por Salomón, Paola quiere hablar, quiere contar su experiencia como muchos tantos otros venezolanos que están cansados de la situación del país.

Vive en una casa humilde en Maracaibo, viajó a Caracas para tener a su hijo porque en la capital esperaba recibir un mejor servicio del que podría tener en su lugar de residencia, sin embargo, se encontró con un escenario no muy alentador.

“La situación es muy difícil, fue duro conseguir para alimentarme bien durante el embarazo y siempre fue una lucha para realizarme los exámenes”, aseguró.

El lugar estaba lleno de mujeres embarazas, aproximadamente otras seis en el mismo estado de Porras, todas esperando el llamado para poder ingresar a la sala de parto.

En el Hospital de Petare, la sala de espera queda en la parte exterior, por lo cual las personas deben esperar aproximadamente a unos 3 metros de la entrada, el guardia no deja entrar a nadie sin autorización o sin el llamado correspondiente.

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Paola, como muchas niñas de su edad, es víctima de la situación actual del país. Trabaja desde hace 2 años en una tienda, vendiendo zapatos y estaba en último año del colegio, pero desertó cuando supo que estaba embarazada, tiene novio, Juan, un joven de 19 años que pese a saber que no es fácil responsabilizarse por un hijo,  está dispuesto a trabajar por sacarlo adelante.

“No fue planeado pero qué hace uno, acá ya no hay manera de cuidarse”, expresa Juan, mientras mueve sus piernas en señal de nerviosismo y ansiedad.

Y es que según el reporte anual del Fondo de la Población de las Naciones Unidas, América Latina y el Caribe, las cifras que registran más embarazos no planeados del mundo están encabezadas por Venezuela y Bolivia.

Transcurría la tarde, aumentaba la ansiedad y seguía la espera. En un momento el silencio se ve perturbado por una sirena, una camioneta pick up blanca del Gobierno llega a gran velocidad, lleva un herido en el platón y la gente empieza a murmurar en la sala. “Mataron a un malandro”.

Las personas que lo traen llegan directamente a la puerta del hospital, le dispararon, el señor está cubierto en sangre y sin ningún acto de humanidad lo jalan desde el platón, de los tobillos, hasta el piso y se golpea fuertemente en la cabeza, salen los enfermeros y lo suben de un sólo impulso a la camilla, ingresa al hospital, la camioneta parte del lugar y a los pocos segundos retorna la normalidad en la sala de espera, donde aseguran que es una situación normal y que sucede a diario.

Se cumplen cuatro horas de espera para Paola, ya a esta altura luce pálida y cansada, sin embargo, pierde nuevamente la poca calma que le queda luego de que el hospital le informa que no hay agua y que las salas están contaminadas por lo cual no podrá tener a su bebé allí.

Paola y su familia de manera obligada tuvieron que dirigirse a una de las temibles clínicas de los “médicos cubanos” a la que ella no quería ir.

“Allá lo tratan a uno sin piedad”, recalca Sonia, otra de las embarazas presentes, “ayer estuve allá y me devolvieron, a una señora la estaban mandando para la casa cuando ya estaba dilatada y se le vino el bebé en la sala de espera, frente al médico que le acababa de decir que todavía no era hora”, recalcó.

Salomón nació finalmente en horas de la noche, en una de las clínicas a las que Paola les tiene tanto miedo, lejos de lujos y en medio de la precariedad de un país que sufre el declive económico en todos los sectores.

Hoy, 4 meses después, el reto continúa pues en un país como Venezuela no es fácil conseguir los insumos alimenticios que necesita un bebé recién nacido, por lo que Salomón llegó a estar en condición de desnutrición. “Durante el primer mes pudimos pagar los precios de la fórmula pero no nos alcanzó para más”, aseguró.

Como consecuencia del estrés y la mala alimentación Porras no pudo lactar, sin embargo, en Maracaibo existe un programa llamado Lactaluz, bajo la dirección del doctor Mervin Chávez, consiste en la donación de leche materna, una especia de apoyo conjunto en el que las madres buscan apoyarse entre sí, programa del que Paola y Salomón son beneficiarios.

En la actualidad Salomón es un bebé sano, “es un milagro y la leche que nos han donado ha sido una bendición, ahora seguimos en la lucha por los pañales”.

Según cifras de la Fundación Caritas de Venezuela, la desnutrición infantil para final del 2018 en Venezuela será del 28%.  

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  1. Marta's avatar Marta says:

    Muy triste lo que pasa en mi pais ya ni parir en paz se puede

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